En el chat del grupo
La comida de los ochenta años de la abuela
«Entonces, ¿quedamos en el doce?», escribió la tía Mercedes, y el chat de la familia contestó en menos de un minuto. El tío Ramón mandó un pulgar hacia arriba. La madre de Carolina mandó tres. Alguien subió una foto de la mesa del año anterior, la larga, la de la ventana, con el pescado al horno ya por la mitad.
Carolina lo leyó todo desde el tranvía y no escribió nada. Llevaba seis años en ese chat y tendría a su nombre unos cuarenta mensajes, casi todos del tipo «Yo puedo llevar el flan» o «Ya llegué a casa». No era timidez exactamente. Doce personas hablando a la vez no dejaban sitio para la clase de frase que a ella le gustaba escribir, una que después pudiera sostener.
Lo que le llamaba la atención era su prima Silvia. Silvia solía contestar con párrafos enteros y bromas sobre quién se sentaba al lado de quién. Hoy había escrito «bien» a las 9:14 y «como les venga mejor» a las 9:31, las dos veces sin puntuación. Nadie más parecía haberlo notado. El chat ya estaba en si la abuela todavía podía con las escaleras del restaurante.
Carolina empezó una respuesta en el grupo: «Silvia, ¿a ti el doce te viene bien de verdad?». La miró. Hecha delante de todos, la pregunta obligaría a Silvia a decir que sí. La borró y abrió una ventana privada. «Esta mañana no suenas como tú. No hace falta que me expliques nada. Esta noche estoy por aquí si quieres hablar.» Cambió «si quieres hablar» por «si quieres compañía», lo leyó dos veces y lo mandó antes de su parada.
En el chat de la familia añadió una línea, para que su silencio no preocupara a su madre: «El doce me va bien. Llevo el flan». Llegaron cuatro pulgares. El teléfono volvió a vibrar cuando pisaba el andén, y esta vez era solo Silvia. «¿Cómo haces para darte cuenta siempre?», decía. «El doce era el día que me iba a vivir con Marcos. No le he contado a nadie que ya no.» Carolina se quedó quieta mientras el tranvía arrancaba. «Entonces cuéntamelo primero a mí», tecleó. «Te llamo a las ocho.»