En el chat del grupo
La encuesta del sábado
«Sábado: ¿fideos o la parrilla? A votar.» Irene publicó la encuesta a las 9:02. Andrés la vio a las 11:40, en el hueco que quedaba entre un artículo sobre por qué las campanas de los tranvías están afinadas en un tono concreto y lo que fuera que le tocaba hacer aquella mañana. No votó. Se quedó mirando la encuesta.
Había dos opciones. Pero en los cuarenta mensajes de arriba, cinco amigos habían nombrado cuatro restaurantes distintos, y por lo menos dos de ellos querían claramente ir al sitio de las empanadas. Una votación entre dos no podía reflejar eso. Era posible, pensó, que ganara la parrilla sin ser la primera opción de nadie.
Empezó a escribir. «Un detalle sin importancia, pero una encuesta con dos opciones no puede decirnos de verdad qué prefiere el grupo si hay una tercera que les ganaría a las dos por separado, lo cual», y ahí se detuvo, porque estaba oyendo a Irene leerlo. Lo borró todo.
Más arriba, eso sí, había una pregunta que Pablo había hecho el martes y que nadie había contestado: si el té verde se pone amargo de verdad con el agua hirviendo o es algo que la gente repite. Escribió seis líneas cuidadosas sobre la temperatura y qué se disuelve en cada momento, añadió que de la segunda parte no estaba seguro, y lo mandó. Pablo respondió con una sola ceja levantada. «Es viernes, Andrés.» Luego Irene. «Andrés. Fideos o parrilla.» «Cualquiera de los dos me parece bien. ¿A qué hora?» «Dije a las 19:30 hace una hora.»
Subió por el chat. Lo había dicho. Votó fideos y, por si acaso, se puso un recordatorio en el teléfono; después vio que lo había puesto para el domingo y lo adelantó un día. Sí que quería ir. Aquella gente le gustaba más de lo que sabía demostrar, y aparecer era la parte que de verdad les llegaba. A las 23:15 abrió un mensaje privado a Pablo. «Otra cosa. ¿Quieres saber por qué la encuesta de Irene estaba técnicamente mal hecha? Es un problema bastante bonito.» «Me lo cuentas en la cena», escribió Pablo. «19:30. Sábado. El sitio de los fideos.»