En el chat del grupo
Un cuadrado amarillo mostaza
«Gris. Respuesta definitiva. Lo disimula todo», escribió Mario, y tres segundos después Paloma contestó con una fila de signos de exclamación y las palabras «por encima de mi cadáver, blanco o nada». El chat de los compañeros de apartamento llevaba así desde la hora de comer. El casero había aceptado que repintaran el pasillo, y resultó que en el pasillo vivían las opiniones de todos.
Lucía lo iba leyendo en el tranvía, de vuelta a casa. Opinión tenía. El pasillo no tenía ventana, y de noche la lámpara del techo dejaba las paredes del color del papel viejo. El gris lo convertiría en un túnel. En el blanco, para la primavera, se vería cada marca de rueda de bicicleta. Lo que pedía era algo cálido que pareciera intencionado bajo la luz de la lámpara: un mostaza suave, el amarillo del interior de una pera. Lo veía con toda exactitud. Escribió «¿Y un amarillo? No chillón, más bien como» y se detuvo, porque no había palabra para eso, y porque Mario iba a decir que el amarillo era para las cocinas.
Borró el mensaje. Leandro publicó una encuesta. Gris, dos votos. Blanco, uno. El cuarto nombre seguía ahí sin votar, el suyo, y Paloma escribió «¿¿Lucía??».
En casa no contestó. Fue a la caja de debajo de la cama donde guardaba los tubos sobrantes, mezcló en un platito ocre, blanco y una pizca de sombra natural, y pintó en la pared del pasillo un cuadrado del tamaño de un libro. El primero le salió demasiado verde. Corrigió y pintó un segundo al lado. Después encendió la lámpara del techo, retrocedió hasta la puerta de entrada y sintió que se le bajaban los hombros. Ahí estaba.
Fotografió el cuadrado con el abrigo rojo de Paloma colgado justo en el borde, porque el rojo era la mitad del argumento, y lo mandó al chat. Sin texto. El corazón le iba más rápido de lo que merecía una mancha de pintura. Mario fue el primero en responder. «Mmm.» Luego Paloma: «A ver, espera». Lucía dejó el teléfono boca abajo sobre el zapatero y enjuagó el platito, sin ninguna prisa por saber más.