En el chat del grupo
Cuarenta y siete mensajes sin leer
Cuando Elena salió de la piscina, el chat de la familia marcaba cuarenta y siete mensajes sin leer, y los cuarenta y siete hablaban de los ochenta años de la abuela. Los leyó de pie en el vestuario, con el pelo goteando sobre la pantalla. La tía Carmen quería el restaurante del río. Su primo Sergio, una sorpresa en casa. De la fecha no había dicho nada nadie.
Volvió al principio y lo leyó otra vez, más despacio, como leía los contratos. Hacia el mensaje veinte ya se veía el dibujo. Cada uno contestaba al que tenía justo encima, así que la conversación daba vueltas alrededor de las mismas tres preguntas: dónde, cuándo, quién paga a los músicos. Su madre había escrito cuatro veces «lo que sea más fácil para todos». Elena empezó a teclear. «Llevamos dos días con esto y no hay nada decidido.» Era verdad, y la tía Carmen se quedaría una semana sin decir palabra. Lo borró y abrió sus notas.
Veinte minutos después, en el tranvía, mandó un solo mensaje. «Propuesta. Sábado 14, comida a las 13:00, porque la abuela por la tarde ya está cansada y el tren de Sergio llega a las 11:40. El restaurante del río tiene un salón al fondo para 22 personas. Llamé, ese día está libre y nos lo guardan hasta el jueves. Sin sorpresa. No le gustan y lo dijo el año pasado. Si falla el restaurante, queda la casa de Carmen como alternativa. Necesito un sí o un no antes del miércoles por la noche.»
Luego dejó el teléfono boca abajo sobre la rodilla. Lo que no había contado era la lámina enmarcada de la casa vieja de la calle del Molino, esa de la que su abuela hablaba todos los inviernos. Ya estaba encargada. Llegaría el día 10, con cuatro de margen.
El teléfono vibró. Sergio: «Sí, mi general». Después la tía Carmen: «Bueno. Pero el pastel lo llevo yo». Elena añadió una línea a sus notas: pastel, Carmen, confirmar tamaño. Empezó a escribir «Me alegra que hagamos esto entre todos por ella», se quedó con el pulgar en el aire y mandó un pulgar hacia arriba.