En el chat del grupo
Una tarjeta con una garza
«¿¿Quién se ocupa de la tarjeta para el último día de Blanca??» El mensaje de Sergio cayó en el chat de la clínica a las 12:04 y cosechó dos caritas encogiéndose de hombros y un «yo no, perdón». Alicia lo leyó en la recepción, con una cucharada de sopa de lentejas a medio camino de la boca. La tarjeta ya estaba en su bolso. La había comprado el sábado, una acuarela de una garza, porque Blanca tenía un calendario de garzas junto al esterilizador desde hacía años.
Escribió: «¡Yo tengo una! Va a estar en el primer cajón de recepción desde las 14:00, pasen a firmar cuando puedan». Después mencionó la colecta: un sobre, en el mismo cajón, sin cantidad fija.
El chat pasó a quién llevaba qué el viernes. Más arriba, casi sepultado, había un mensaje del enfermero nuevo, Mauricio, enviado a las 11:58: «¿Está bien si llevo algo sin frutos secos? Soy alérgico». Nadie había contestado. Desde entonces habían escrito seis personas. Alicia se lo imaginó mirando el teléfono en la sala del fondo y viendo cómo la conversación le pasaba por encima. Respondió directamente a ese mensaje, «Claro que sí, y yo me encargo de que todo lleve etiqueta», y luego le escribió por privado para decirle dónde estaba la panadería buena.
El viernes, Blanca lloró con la garza. «¡Sergio, te acordaste!», dijo, porque daba la casualidad de que Sergio tenía la tarjeta en la mano cuando ella entró. Sergio dijo «Fue entre todos», y sonrió. Esa noche el chat se llenó de fotos, y alguien escribió: «Muy bien, Sergio, qué despedida más bonita».
Alicia tecleó «En realidad la elegí», y se detuvo. En aquel recuadro pequeño parecía mezquino. Iba a incomodar a Sergio y no iba a cambiar nada de la tarde de Blanca, que era de lo que se trataba. Lo borró letra por letra. En su lugar mandó un corazón. Después dejó el teléfono boca abajo, con un poco más de fuerza de la que pretendía, y fue a regar la albahaca.