En el chat del grupo
Baklava para la fiesta de despedida
Valentina grabó su cuarto mensaje de voz de la mañana mientras se cepillaba los dientes, lo cual no ayudó a nadie a entenderlo. El chat del personal de la cafetería se llamaba «Equipo Espresso», y el tema del día era la despedida del sábado para Marisa, la pastelera, que se iba a vivir al extranjero. Hasta el momento Valentina había aportado la foto de una pancarta, el video de un gato bailando, la idea de que cada uno llevara puesto uno de los horribles pañuelos de Marisa, y una grabación de cuarenta segundos en la que básicamente se reía de su propia idea de los pañuelos.
Al chat le encantó. Ella subió por la pantalla para disfrutarlo todo de nuevo, y fue entonces cuando vio el hueco. Nadia, la nueva lavaplatos, había leído todos los mensajes y no había escrito ninguno. Valentina se la imaginó el martes junto al fregadero, sonriendo con los chistes medio segundo tarde, todavía aprendiendo quién era quién.
Más arriba, casi sepultado, había un mensaje de Enrique, el encargado: «Otro tema. Necesito dos personas para el inventario del día 30. Además, ¿quién se queda con la hoja de pedidos de Marisa?». Los ojos de Valentina resbalaron por encima como resbalaban por las cartas del banco. Para el 30 faltaba muchísimo. La hoja de pedidos eran columnas. Ya contestaría más tarde, cuando llegara el más tarde.
Nadia, en cambio, era ahora. Valentina abrió un chat privado y escribió: «¡Hola! Vienes el sábado, ¿verdad? Te necesitamos. Y una pregunta importante: ¿sabes hacer postres?». Y enseguida la respuesta: «Puedo hacer baklava. Con la receta de mi madre. ¿Les parece bien?». Valentina aplaudió, literalmente. «Nos parece MÁS que bien. Dilo en el grupo, van a gritar.» Un minuto después apareció en Equipo Espresso el primer mensaje de Nadia, y Valentina fue la primera de las nueve personas que lo contestaron.
Esa tarde, en el trabajo, Enrique la paró junto al molinillo. «Inventario. Hoja de pedidos. ¿Lo leíste?» Se le calentó la cara. «Lo leí. Iba a contestar.» Él esperó. Ella pensó en las columnas, y en que Marisa se iba, y en que alguien tenía que hacerlo. «Apúntame para el inventario», dijo. «Y mañana me enseñas la hoja. Despacio.»