En el chat del grupo
Lo que Gabriel escribió debajo del poema
Gabriel iba por la mitad de un plato de pasta fría cuando el chat del colegio, que solía pasar meses muerto, se encendió diecinueve veces seguidas. Hugo había encontrado algo. Era la captura de un poema que Nuria, una antigua compañera de clase, había publicado en abierto: ocho versos sobre las manos de su padre y un taller que olía a pino.
«Que alguien avise al jurado del premio de literatura», escribió Hugo. Iván añadió una carita llorando de risa. Después llegó una versión del poema con todos los sustantivos cambiados por «salchicha», y durante un rato el chat fue solo eso, salchicha tras salchicha, con gente de la que Gabriel no sabía nada desde hacía años que aparecía nada más que para sumarse.
Él leyó dos veces el poema de verdad. No era un buen poema, técnicamente. Los cortes de verso eran raros y «eternidad» sobraba. Pero el tercer verso, el del serrín en los puños de una camisa que nadie había lavado desde entonces, le había cerrado la garganta encima de la pasta. Nuria lo había escrito en serio. Ese era todo el delito.
Lo normal habría sido dejarlo pasar. Tenía ese chat silenciado casi todo el año justamente para eso, y le disgustaba ser el que enfría una habitación. Tecleó «la verdad es que es bastante» y lo borró. Luego vino «vamos, chicos», que sonaba a profesor, y también lo borró. Entonces Iván subió la foto de perfil de Nuria con una corona pintada encima, y dentro de Gabriel algo se quedó quieto y claro.
Lo que mandó fue corto. «Yo en esta no entro. Su padre murió el año pasado y ella escribió algo verdadero sobre eso. Me quedo con eso antes que con cualquier cosa que hayamos dicho aquí esta noche.» Dejó el teléfono en el alféizar y se terminó la pasta con el corazón golpeándole fuerte. Veinte minutos después había dos respuestas. Hugo: «uy, bueno». Y, por privado, de una chica llamada Celia con la que apenas había hablado en el colegio: «Gracias. Yo quería decirlo y no lo dije». Abrió la página de Nuria y, debajo del poema, escribió: «El verso del serrín. No dejo de pensar en él».