En el chat del grupo
Cenas para el número doce
Miguel había abierto el chat un martes, once minutos después de ver cómo ayudaban a doña Matilde, la del número doce, a bajar de un taxi con la pierna enyesada. Lo llamó «Cenas para Matilde», agregó a nueve vecinos y publicó una tabla: un nombre por noche durante tres semanas, con la aclaración de que ella no comía pescado y le encantaba todo lo que llevara perejil. Él se había apuntado los dos domingos, porque los domingos eran el día en que la gente se olvidaba.
Mantenía el chat caliente como hay quien mantiene encendida una estufa. Cuando un estudiante escribió, con timidez, que él solo sabía hacer pasta, Miguel contestó «La pasta es perfecta, me dijo que la echa de menos», y después llamó a la puerta de doña Matilde para asegurarse de que fuera cierto. Subió una foto de la sopa de champiñones del jueves. Catorce corazones.
Entonces, el viernes, don Anselmo escribió: «Este grupo manda demasiados mensajes. Una lista en la puerta cumpliría la misma función. Lo silencio». Miguel lo leyó en el pasillo. Le ardió la cara, como si se lo hubieran dicho en voz alta delante de todos, y en cierto modo así había sido. Subió por el chat y contó sus propios mensajes. Diecinueve en diez días. Ahora parecían muchos.
Escribió «¡Perdón a todos, voy a escribir menos!» y lo borró, porque sonaba dolido. Escribió «Buena idea lo de la lista» y también lo borró; una lista en una puerta no le dice a un estudiante tímido que su pasta es bienvenida. Al final no publicó nada, y esa nada la sintió durante toda la cena. «¿Tú crees que hablo demasiado en el chat del edificio?», le preguntó a su mujer. «Yo creo que doña Matilde lleva diez días comiendo bien», dijo Carla.
A las nueve el estudiante le escribió por privado. «Me pidió mi pasta otra vez. Gracias por agregarme.» Miguel lo leyó tres veces. Después imprimió los turnos, los pegó en la puerta de entrada para don Anselmo y volvió al chat a recordarle lo del perejil a quien cocinaba el sábado.